Pobreza, violencia, hasta desempleo y factores genéticos, intervienen en la locura: UNAM

Una percepción distorsionada de la realidad, pérdida de autocontrol, alucinaciones y comportamientos absurdos, son detonados por la pobreza, desempleo, bajo nivel educacional, violencia, traumas, indigencia, discapacidad física, farmacodependencia, maternidad precoz o vejez, como factores de proclividad a los trastornos mentales, expuso María del Carmen Montenegro Núñez, de la Facultad de Psicología (FP) de la UNAM.

De acuerdo con cifras de la Secretaría de Salud del año pasado, en México uno de cada cuatro habitantes de entre 18 y 65 años había padecido en algún momento de su vida un trastorno mental, pero sólo uno de cada cinco recibía tratamiento.

Alrededor del 15 por ciento de la población padecía algún trastorno mental; sin embargo, sólo 2.5 por ciento se encontraba bajo supervisión de algún especialista. Además, sólo dos por ciento del presupuesto para la salud se destinaba a estas afecciones.

“La locura es un desequilibrio manifestado en una percepción distorsionada de la realidad, pérdida de autocontrol, alucinaciones y comportamientos absurdos y sin motivo”, detalló la psicóloga.

En uno de sus libros más conocidos, el filósofo Michel Foucault definió dos modos de alienación: una asociada a la enfermedad y a la herencia, sin depender de una época particular, en la que el sujeto es señalado como irresponsable e incapaz por interdicción.

La otra opera de manera distinta, pues hay una toma de conciencia por la cual el loco es reconocido por su sociedad como un extranjero en su patria, y aunque no se le libera de responsabilidad, es condenado éticamente.

“De ello se colige que hay comportamientos vinculados al padecimiento mismo y otros asociados al orden social; sin embargo, los profesionales tampoco han llegado a un acuerdo en esto”, refirió.

“Las raíces de la psiquiatría en México se remontan a la época prehispánica y, de hecho, en la Colonia nos adelantamos a otros países de América con la fundación del Hospital San Hipólito, en 1566, en la capital de la Nueva España, que funcionó por más de 350 años”, apuntó Germán Álvarez Díaz de León, docente de la FP.

A finales del siglo XIX y a principios del XX surgieron instituciones privadas como el Sanatorio Rafael Lavista (1898) y la Casa de la Salud de San Juan de Dios para Enfermos Mentales, en Zapopan, Jalisco (1910). Ese mismo año, en el marco de los festejos por el centenario de la Independencia, Porfirio Díaz inauguró el Manicomio General de La Castañeda, que llegaría a albergar a más de tres mil individuos y que empleaba tratamientos semejantes a los otros países, acordes a los escasos conocimientos sobre el tema en la época”, refirió Álvarez Díaz de León.

En 1930 abrieron sus puertas los sanatorios Samuel Ramírez Moreno y Floresta; en 1942 se fundó el Servicio de Psiquiatría del Hospital Español, y siete años después se inauguró la Clínica San Rafael, todos privados y con la misión de subsanar la deficiente atención de los públicos.

Este tipo de instituciones también se instalaron en ciudades como Monterrey, Hermosillo, Guadalajara y Mérida, donde alquilaban o subrogaban sus camas para atender a enfermos mentales provenientes del IMSS, ISSSTE y Pemex, concluyó.

Montenegro Núñez explicó que en este renglón las posturas suelen alinearse en dos ejes: el de la Clasificación internacional de enfermedades mentales, publicado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), y el del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría.

Con el tiempo, este escenario se ha hecho más complejo: la edición de la OMS consideró 106 tipos de estas afecciones en 1952; 182 en 1968; 256 en 1980; 292 en 1987, y se incrementó a 297 en 1994, subrayó Montenegro Núñez.

Fuente: MVS

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